Categorías
Autoconocimiento enseñanza de yoga YOGA

Habitarme

Cuando dejar de arreglarse se convierte en el inicio del encuentro

Vivimos en una época extraña. Nunca hemos tenido tanta información sobre cómo mejorar nuestra vida. Cómo dormir mejor, cómo comer mejor, cómo entrenar mejor, cómo gestionar mejor nuestras emociones, cómo ser más productivos o más eficientes. Parece que siempre existe una nueva herramienta, una nueva técnica o un nuevo hábito que promete acercarnos a una versión mejor de nosotros mismos.

Y, sin embargo, muchas personas viven con la sensación permanente de que todavía no son suficientes. Como si siempre hubiera algo que corregir, algo que arreglar o algo que optimizar. A veces incluso convertimos el bienestar en una nueva forma de exigencia. Empezamos a relacionarnos con nosotros mismos como si fuéramos un proyecto inacabado que necesita ser mejorado constantemente.

Quizá por eso la idea de habitarnos resulta tan revolucionaria. Porque habitarme no significa mejorarme. Significa encontrarme.

Muchas personas pasan gran parte de su vida pensando sobre sí mismas, analizando lo que les ocurre, interpretando sus reacciones o juzgando continuamente cómo deberían ser. Pero habitarse es algo diferente. No consiste en pensar más sobre uno mismo, sino en estar presentes en la propia experiencia mientras sucede. No en la historia que contamos sobre ella, sino en la experiencia misma.

Y aquí es donde el cuerpo se convierte en una puerta de entrada extraordinaria. Por eso practicamos yoga. Por eso exploramos el movimiento. Por eso incluso una práctica de descanso profundo como Yoga Nidra comienza prestando atención a la experiencia corporal.

Mientras la mente viaja constantemente entre recuerdos, preocupaciones o expectativas, el cuerpo permanece en el presente. La respiración está ocurriendo ahora. Las sensaciones están ocurriendo ahora. El contacto con el suelo está ocurriendo ahora. Por eso la postura, el movimiento o la respiración pueden convertirse en un laboratorio tan valioso. Nos permiten detenernos y preguntarnos: ¿cómo estoy? ¿Qué siento? ¿Dónde hay tensión? ¿Dónde hay espacio?

No porque la postura sea el objetivo, sino porque nos enseña a observar.

Con el tiempo, la exploración deja de centrarse únicamente en el cuerpo y comienza a abrir la puerta a algo más profundo. La pregunta ya no es solo qué siento en el cuerpo, sino qué despierta esto en mí. Porque una misma experiencia puede generar frustración, miedo, impaciencia, orgullo, alegría o vulnerabilidad. Y ahí comienza una parte importante del autoconocimiento.

Sin embargo, quizá lo más interesante no sea lo que aparece, sino la forma en que nos relacionamos con ello. No elegimos todo lo que sentimos. No elegimos todos los pensamientos que atraviesan nuestra mente. No elegimos todas las emociones que surgen. Pero sí podemos observar cómo respondemos ante ellas.

Cuando algo resulta incómodo, ¿qué hago? ¿Lucho? ¿Me exijo? ¿Me juzgo? ¿Intento escapar? ¿O puedo permanecer un instante más y observar lo que ocurre sin reaccionar inmediatamente?

Esta pregunta cambia muchas cosas. Porque la libertad no siempre consiste en controlar nuestra experiencia. A veces consiste en aprender a acompañarla.

La tradición del yoga habla de dos cualidades fundamentales: Sthira y Sukha. A menudo se explican como estabilidad y comodidad dentro de una postura, pero quizá también describen una forma de estar en la vida.

Sthira es permanecer. Sostener. No salir corriendo cada vez que algo resulta incómodo.

Sukha es hacerlo con amabilidad. Sin violencia. Sin convertir la experiencia en una guerra interna.

Tal vez habitarnos sea precisamente eso: aprender a permanecer y hacerlo con suavidad.

Con frecuencia pensamos que la paz llegará cuando desaparezcan los problemas. Cuando no haya miedo. Cuando no haya tristeza. Cuando no haya incertidumbre. Pero la vida incluye todo eso. La práctica no elimina el dolor, no evita las pérdidas ni nos protege de la dificultad. Lo que puede ofrecernos es una forma diferente de relacionarnos con ellas.

Y esa diferencia lo cambia todo.

Quizá una de las mayores confusiones de nuestro tiempo sea pensar que bienestar significa sentirse bien todo el tiempo. Pero la vida real no funciona así. Habitarme no significa sentirme bien. Significa poder seguir estando conmigo cuando no me siento bien.

Poder decir: hoy estoy triste, y seguir estando conmigo.

Hoy estoy perdida, y seguir estando conmigo.

Hoy estoy enfadada, y seguir estando conmigo.

Sin abandonarme. Sin rechazarme. Sin convertirme en mi propia enemiga.

Para mí, esta es una de las enseñanzas más valiosas que puede ofrecernos la práctica. Porque muchas veces buscamos herramientas para dejar de sentir determinadas cosas, cuando quizá la verdadera libertad consiste en descubrir que podemos sostenerlas sin perdernos en ellas.

Y entonces aparece algo muy sencillo y muy profundo. Cuando dejamos de pelear constantemente con nuestra experiencia, empezamos a reconocer nuestra historia, nuestros límites, nuestras capacidades, nuestras luces y nuestras sombras. Poco a poco dejamos de vivir intentando convertirnos en otra persona y comenzamos a reconciliarnos con quien ya somos.

Quizá el mayor regalo del yoga no sea la flexibilidad. Ni la calma. Ni siquiera la salud.

Quizá sea aprender a vivir con menos conflicto interno.

Aprender a estar en paz con nosotros mismos sin dejar de crecer, sin dejar de aprender y sin dejar de transformarnos.

Porque el yoga no nos enseña a convertirnos en alguien diferente. Nos invita a encontrarnos con quien ya somos.

Y una vez que nos encontramos, a volver una y otra vez a casa.

A ese lugar donde podemos respirar.

Sentir.

Y simplemente estar.

Mariona Cebollada, profesora de yoga y fundadora de Ara Lasai